En enero de 2022 murió Jean Jamin, antropólogo francés, director de la revista “L’Homme”, editor de la obra de Michel Leiris, además de estudioso de la relación entre la antropología y la literatura y la música (en particular, el jazz). Aquí Jamin recuerda un momento de su visita al Big Sur en California, Estados Unidos.

Postal del Big Sur

En medio de su libro Frágil ruido, Michel Leiris evoca, no sin humor, algunos de estos lugares altamente turísticos donde, como por encantamiento, se mezclan arte, leyenda y realidad —donde, en una suerte de movimiento en espiral, lo que era ficción (el arte del cuento,  el arte de la forma, el arte del canto) ha terminado por inscribirse en una realidad geográfica, a veces arquitectónica, que visitamos y frente a la cual, aunque muchas veces empujados, se nos invita a meditar, sin ni siquiera tener tiempo de decirse “¡eso está bien!” ya que aquello que se muestra, se exhibe, se comenta con el aplomo de los vendedores ambulantes, sólo puede ser aquello de lo cual las palabras, los grabados, las pinturas o las decoraciones no habrían sido más que aproximaciones sucesivas o únicamente pálidos y falsos reflejos: la tumba de Julieta en Verona, la posada de Sparafucile en Mantua, el calabozo de Montecristo en el castillo de If… Tal fue, al final de un coloquio agitado y lingüísticamente desafiante, en el que cuatro etnólogos franceses fuimos invitados a explicar nuestra manera de concebir las relaciones entre antropología y modernidad, el objetivo de una de estas salidas de fin de congreso: ver, con nuestros propios ojos, contra toda verdad histórica, pero con la fe de carbonero que anima a todos los turistas, esas famosas naranjas de Jerónimo Bosch que Henry Miller había descubierto en el Big Sur.

En el estacionamiento de lo que sólo podía ser el centro comercial Big Sur —tres o cuatro casas de madera con letreros discretos: tienda de abarrotes, ferretería, snack-bar, boutique de artesanías y recuerdos, incluso la oficina de correos, todas ellas agrupadas a medio camino de un estrecho valle flanqueado por árboles de espeso follaje de donde emergen los púrpuras arboledas de las secuoyas— una joven intentaba abrir la cerradura de una puerta de un auto (del lado del conductor) que no era el suyo.

Vestida con un pesado corpiño malva ceñido a la cintura en uno de esos pantalones plisados ​​que, al ensanchar las caderas acortan el torso, sus gestos tenían a la vez la caída, la amplitud y la imprecisión de sus ropas: sin ninguna arruga como se habría esperado verlas bajo el efecto del entonces intenso calor, y tras un largo viaje en el auto que sin duda la había obligado a detenerse en este lugar para reponerse, sino pesadas y porfiadas, diseñadas, al parecer, para que un falso doblez se eliminara lo antes posible por el peso de las fibras solamente. A la altura del asiento del pasajero, un hombre mayor, ligeramente calvo y vestido con un enorme traje gris —marido o acompañante— miraba en su dirección sin verla. La curvatura del techo del automóvil escondía de él a la joven, cuyo busto, después de cada intento, parecía inclinarse más hacia la puerta hasta el punto de formar con ella un ángulo recto. Nada en este hombre delataba impaciencia alguna; no pronunció la más mínima palabra de aliento o asombro; parecía esperar a que la joven dejara una tras otra las llaves que, reunidas en un voluminoso llavero, agitaba en su mano derecha. Las manipulaba de una manera que no podría llamarse metódica o aleatoria, sino mecánica, como podría haber sido si, en lugar de un llavero, la joven hubiera estado rezando un rosario. A pesar de la desproporción que no podía dejar de observarse a veces entre el tamaño de las llaves y el tamaño de la cerradura —nosotros mismos, sentados a unos pasos en el borde de cemento del estacionamiento, pudimos predecir el fracaso de algunos de sus intentos— ella no descartó ninguna. De su gesto obstinadamente repetido —y nada más que este gesto, que aplicaba para reproducir idénticamente, buscando sin embargo en cada intento como un arreglo de la habilidad de la mano— parecía estar al acecho del efecto que se daba por descontado: la activación del mecanismo.

Por ahora, ella solo había logrado activar una risa inextinguible en nosotros. Pero nuestras exhalaciones espasmódicas y ruidosas, que ella no podía dejar de oír, no parecía que perturbaran o distrajeran esta escena que, al durar largos minutos, las hizo comenzar de nuevo. Con falta de aliento más que de calma, uno de nosotros finalmente se acercó a ella y, en un inglés aproximativo que quería ser cortés, le señaló que ese auto que estaba tratando de abrir era el nuestro. El suyo, en la fila del lado, era ciertamente del mismo color, pero no era ni de la misma marca ni de la misma forma y, ​​además —aunque eso seguía—, la placa patente era distinta.

Del Big Sur, nuestros amigos estadounidenses tanto habían elogiado la belleza atormentada y el aspecto de «última frontera» del lugar desde donde, a finales de los años cincuenta, se había extendido la mentalidad hippie.

Aquello que la joven debió haber tomado por grosería de nuestra parte —con solo una sonrisa, desconcertante cortesía, pudo hacernos comprender— fue quizá solamente la manifestación intempestiva de una especie de júbilo interno: lo que los etnólogos que paseaban podían tratar de encontrar aquí (en el extremo occidental de este estado que ya no tenía que probarse a sí mismo que estaba a la vanguardia de la modernidad y en el comportamiento de una mujer californiana vestida a la última moda) un gesto sin edad y sin eficacia, cuya ejecución había adquirido todas las apariencias de una conducta mágica… Sin duda, los hacedores de lluvia debían haberse convencido a sí mismos de que sus encantamientos o sus danzas eran para hacer que la lluvia realmente cayera; una joven estadounidense creyó por un momento que al repetir un gesto que generalmente hace que se abra la puerta de un automóvil, la puerta ha de abrirse…

No desconozco cuánto de forzada y de reconstruida tiene esta interpretación que me he formulado durante un tiempo; no desconozco tampoco que puede comportar cortinas de humo frente a nuestra actitud, cuando menos poco delicada; en definitiva, una interpretación para uso profesional, pero que resulta impropia para dar cuenta de esta impresión de incongruencia y extrañeza que un acontecimiento de lo más banal nos ha dejado, de manera profunda, todavía hoy cuando lo evocamos. Quizá era tanto de nosotros como de esta joven de lo que nos reímos. Quizá hubo en el origen de esta risa como una sensación repentina, por así decir refleja, del vacío de las cosas y la monotonía de nuestra mirada, o, por el contrario, la de haber tocado algo “maravilloso” que, como disco rayado, nuestra risa habría querido prolongar. Del mismo hecho de que estábamos poseídos por un ataque de risa (que, a pesar de la palabra que tiende a singularizar su manifestación, no puede sino compartirse y casi siempre se alimenta de la del otro), nos encontramos en una especie de desdoblamiento: cada uno se ve riendo mientras veía reír a su compañero, cada uno ve en la mirada del otro su propia mirada que, en lugar de ser realzada por la grandeza y el exotismo del entorno, no hacía sino llevarla a la cerradura de una puerta que una desconocida nunca podría abrir.

Del Big Sur, nuestros amigos estadounidenses tanto habían elogiado la belleza atormentada y el aspecto de «última frontera» del lugar desde donde, a finales de los años cincuenta, se había extendido la mentalidad hippie. La visión que tuvimos de él al recorrer la ruta en la cornisa que da al océano ciertamente hizo que valiera la pena tal “desplazamiento” que todas las guías turísticas señalan. El entrelazado de masas vegetales y de relieves, de desfiladeros y acantilados, todo excesivo, escondidos en lugares bajo brumas repentinas e inexplicables, daban a esta región sin estaciones aparentes el aspecto de una perpetua renovación del mundo. Algunos recuerdos literarios que habíamos intercambiado llegaron a evocar a artistas y escritores, como Jack London, Robinson Jeffers o Henry Miller (a quien, en adelante, en este lugar, hay dedicado un memorial), que se habían retirado allí para protegerse mejor de los valores a la vez rancios, puritanos, materialistas y agresivos de la sociedad estadounidense —como parias, como renegados— y para empezar de nuevo con otro pie, con otra mirada, de cierta manera purificados y revitalizados en contacto con una naturaleza que te quitaría el aliento y la voz. Frente a la imponente notoriedad de este lugar que quiso que adoptáramos al menos esa forma moderna del recogimiento que consiste en tener ojo de postal y memoria de guía turística, fijáramos nuestra atención en el gesto insignificante de una mujer — que en cualquier estacionamiento en el mundo es probable que provoque un día u otro en quienes guardan allí sus autos— podría habernos hecho sentir una vaga sensación de sacrilegio. No lo habíamos visto, no sabíamos cómo ver las naranjas de Jerónimo Bosch.

[Artículo aparecido en la revista “Modern Language Notes» 105-4 (1990). Traducción: Patricio Tapia]

Jean Jamin

Jean Jamin (1945-2022) fue un etnólogo y antropólogo francés, fue director de estudios de la “École des hautes études en sciences sociales” y profesor en ella desde 1993 a 2016. Dirigió la revista “L’Homme” de 1996 a 2015 y cofundó la revista “Gradhiva” en 1986 junto con Michel Leiris. Estudioso de la relación entre la antropología y la literatura y la música. En 1995 dirigió la película “Michel Leiris ou l’homme sans honneur”. Autor de los libros “Les Lois du silence. Essai sur la fonction sociale du secret” (1977), “Une anthropologie du jazz” (2010), “Faulkner. Le nom, le sol et le sang” (2011) y “Littérature et anthropologie” (2018), entre otros.