María Moreno: la culpa y el goce

En 2020, la escritora argentina María Moreno obtuvo el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas. Solamente pudo venir a recibirlo hace en diciembre pasado, entre otras cosas (como la pandemia), porque en julio de 2021 sufrió un accidente cerebrovascular que la dejó con una movilidad reducida. Pero vino y participó, además, en la Furia del Libro. Se acaba de reeditar su novela "El affair Skeffington" en Chile (Banda Propia), así como de publicar la selección de crónicas "Por cuatro días locos" (Sigilo).

María Moreno [Fotografía de Lisbeth Salas]

Algo del efecto intoxicante que las obras de María Moreno producen en quien las lee, podría estar en el origen de ellas. Entre los alicientes para escribir, al parecer, los hubo de índole química —unos opioides para tratar una dolencia en El affair Skeffington; probablemente el alcohol en mucho de lo demás, de creer a Black out— o también los hubo, de manera más aterradora, de naturaleza teórica.

Así, en su libro Panfleto (2018), que reúne sus artículos y crónicas de varias décadas sobre erótica y feminismo, afirma: “A finales de los años ochenta y noventa yo me intoxicaba con las importaciones teóricas de las feministas de la nueva izquierda que releían en la estructura de la familia en el capitalismo la sevicia del trabajo invisible, de las estructuralistas de la diferencia que inventaban un Freud a su favor y de las marxistas contra el ascetismo rojo”. Y en la selección de crónicas de Por cuatro días locos (2024), que cubren un tan amplio rango temporal como de asuntos (de Maradona y Borges hasta Evita y el Che Guevara), señala: “Mi lenguaje pretendía ser como un foulard empapado en purpurina barroca con un fleco de jerga psicoanalítica, otro de materialismo dialéctico pop y otro de feminismo fashion más algunas motas de argot farandulesco y tartamudeo histérico”.

Por cuatro días locos, de María Moreno. Editorial Sigilo, Buenos Aires, 2024, 224 pp.

Feminismo, psicoanálisis, estructuralismo, ligeramente deformados por el metabolismo intelectual de su autora, efectivamente están presentes en su obra. También lo están la política y el espectáculo, la ironía y la autoironía, la confesión o cuando menos su apariencia.

Su libro de memorias, Black out, habla menos de ella que de su generación y su afición a los bares y el alcohol se entiende menos como admisión de un vicio que como una señal de reconocimiento. Su novela El affair Skeffington (1992), por su parte, aunque parece un divertimento literario, plantea también cuestiones sobre opciones de vida sexual. Su protagonista es una norteamericana rica que se instala en el París de los “años locos” de comienzos del siglo XX; una escritora cuya vida transcurre junto a artistas y personalidades femeninas sexualmente transgresoras como Jean Rhys, Nancy Cunard, Caresse Crosby, Renée Vivien, Natalie Barney, Janet Flanner, Colette o Djuna Barnes.

Tal como ellas mezclaban o difuminaban identidades sexuales, el libro mezcla o difumina géneros literarios: desde retratos a poemas, desde notas a entrevista. Pero la apertura sexual no es solamente una forma de autonomía, sino también una posibilidad de mayor vulnerabilidad. Se lee en uno de los poemas de Skeffington: “Sufre el hermafrodita / pues lo que pareciera un don / no ha hecho más que duplicar /su posibilidad de ser herido”.

El affair Skeffington, de María Moreno.  Editorial Banda Propia, Santiago, 2024, 226 pp.

Si en El affair Skeffington figuran los célebres bares y cafés de la orilla izquierda parisina y su bohemia, Moreno se formó en otros bares y otra bohemia, en la ciudad de Buenos Aires de fines de la dictadura y comienzos de la vuelta a la democracia argentina, en que trató e hizo amistad con un número de escritores que compartían esos ambientes. Desde la década de 1980, ella está vinculada a publicaciones, suplementos y revistas (algunos feministas y alguno declarado travesti) en que colabora o que directamente funda.

Pero María Moreno (nacida en 1947) no se define por las teorías o los bares ni por el alcohol ni por su sexualidad. Afirma, en un momento de sus memorias: “Si tengo que basarme en el testimonio de los demás, las encuestas informales registran que mis ex amantes varones me consideran heterosexual y mis ex amantes mujeres, lesbiana. Pero es evidente que unos y otras están jactándose, que están hablando de ellos —de sus eficacias en el ars amandi— y no de mí”. Tampoco la idea de la bisexualidad la convence. En una crónica de hace casi 40 años, recogida en Panfleto, señala que cuando escucha la palabra “bisexualidad” —como Goebbels con la palabra “cultura”—, se lleva la mano al bolsillo buscando una pistola; además se pregunta si será la “fiel pistola de dama con mango de nácar”. (En Black out, tres décadas después, menciona que el alcohol la estaba matando y que tal vez quiera ser una dama, quienes se matan no con tragos, sino de un tiro con una pequeña pistola con mango de nácar).

Black out, de María Moreno. Editorial Random House, Barcelona, 2016, 416 pp.

-En Por cuatro días locos dice que podría haber titulado esas crónicas Carpe diem. ¿Le parece un buen consejo aprovechar el día?

-O perderlo. Y sentirse culpable por eso. La culpa alivia el sentimiento de no haber hecho lo que se tenía que hacer. La culpa es un elemento de goce muy productivo.

-En El affair Skeffington se mencionan una serie de mujeres de letras “capaces de diferenciar lo que va de la vida oficial a la clandestina”, dice. ¿Ha sabido diferenciar ambas dimensiones en su caso?

-Era en la década del veinte y me refería a una comunidad de mujeres casadas con hombres de fortuna, generalmente con títulos de nobleza que mantenían al mismo tiempo relaciones con jovencitas de las clases bajas, todo esto contado por Colette. Han cambiado los tiempos y no considero que lleve una vida clandestina y que esa vida se refiera al sexo. El sexo está sobredimensionado. Si usted piensa que digo eso debido a mi edad y condición, tengo testigos, aunque la mayoría muertos, de que afirmaba lo mismo a los cuarenta años. Mi clandestinidad hoy pertenece a la escatología, a los esfínteres, sobre todo, pero seguro que tengo cosas vergonzantes que yo misma ignoro.

Tuvo amistad con muchos escritores que se volvieron muy destacados, aunque algunos se han difuminado: Dal Masetto, Briante, Di Paola, Piglia, Libertella, Soares, Walsh. ¿Ha sido injusto el tiempo con algunos de ellos? Ahora, el mayor espacio y atención lo dedica a Charlie Feiling.

-El capitalismo en la industria editorial va a provocar el mismo olvido en las estrellas de hoy y puede que reinvente a algunos de los que nombrás. Por ejemplo, pienso que Soares es más legible hoy que cuando apareció, donde la estructura del cuento era muy rígida. Feiling fue un mito desde el principio, un inglés de Rosario que había estado en Malvinas y hacía novelas de terror. Hoy es el precursor de Mariana Enríquez que a su vez lo hace actual a él. Pero además hizo novelas muy buenas, no exactamente de terror, fantasy. Piglia y Walsh siempre están. Los otros tienen un público menos masivo, con lectores más buscadores de todos los libros, los que hacen bibliotecas completas.

En la Furia del Libro 2024, María Moreno (al centro) recibió el Premio Manuel Rojas y dio el discurso inaugural, «Plaza de la Dignidad», en homenaje a Carmen Berenguer.

-Entre sus experiencias con el alcohol, las más curiosas tal vez sean infantiles, realizadas por su madre por frotación o incluso encendido…

-Encontré para Black out una escena vivida que me vino bien: mi madre con dos tubos de ensayo en la mano, uno con un líquido claro y el otro, oscuro. Los mezclaba y resultaba un tercero, transparente. Es cierto, mi madre ocasionaba incendios, sobre todo de pañales en la estufa.

-Del personaje Skeffington afirma que no se puede hablar tanto de bisexualidad como de una “estructura itinerante”. ¿Se adelanta a la “fluidez de géneros”?

-No, para nada. Quise bromear con los psicoanalistas y sus nosografías. Siempre precarias.

-Menciona más de una vez, con mucho tiempo de distancia, una pistola de dama con mango de nácar. ¿Tiene una?

-No, por supuesto. Tengo una 45 de la policía que me regaló mi padre y está rota, nunca me atreví a probarla. 

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