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¿Qué impulsa la revolución, la vergüenza social y el reconocimiento público? El conocimiento común

En su nuevo libro, "Cuando todos saben que todos lo saben…", el psicólogo de Harvard Steven Pinker argumenta que la conciencia de que todos saben lo que uno sabe es un poderoso motor de la vida social humana, desde las situaciones embarazosas a la caridad como forma de prestigio.

Ilustración del cuento El traje nuevo del emperador, de Hans Christian Andersen, por Vilhelm Pedersen (1820-1859). Fuente: Wikimedia.

¿Qué es el conocimiento común? Para el tipo de psicología social que está en el centro del nuevo libro de Steven Pinker, no basta decir que se produce cuando todo el mundo sabe algo; además, todo el mundo tiene que saber que todos los demás lo saben.

Pensemos en la historia del traje nuevo del emperador. Cuando el emperador desfila desnudo por la ciudad, nadie ve realmente el elegante traje que él cree estar usando. Pero en la mente de cada persona existe la pequeña posibilidad de que todos los demás vean algo diferente. Se requiere la inocente observación de un niño para convertir muchos casos de conocimiento idéntico pero privado en conocimiento común.

No es necesario decir que esto es algo muy poderoso. ¿Qué pasaría si, en lugar de un emperador vanidoso, imaginamos un dictador represivo? Una vez que todo el mundo sabe que todo el mundo sabe que el régimen es corrupto, es que surge la posibilidad de una resistencia organizada. O como lo expresa Pinker, profesor de psicología de Harvard y prolífico autor: “Conforme se disipa la ignorancia pluralista, la protesta se puede ir extendiendo e incorporando a un número creciente de desertores que habían estado fingiendo su lealtad”. La clave es la coordinación. ¿Cómo te hago saber que sé que lo sabes?

Por supuesto, la importancia del conocimiento común no se limita a la esfera política. Es, según argumenta Pinker, “una piedra angular en la comprensión del mundo social”. La primera parte de Cuando todos saben que todos lo saben… ofrece un resumen de los trabajos sobre el conocimiento común realizados durante el último medio siglo por psicólogos, matemáticos, economistas y teóricos de juegos.

Steven Pinker, psicólogo experimental norteamericano, profesor de Psicología en la Universidad de Harvard.

Comenzamos con el experimento mental más conocido de la teoría de juegos: el dilema del prisionero. El escenario es el siguiente: dos delincuentes, cómplices de sus crímenes, han sido arrestados y sentenciados a seis meses de cárcel. Pero el fiscal sabe que también han cometido otro delito mayor; simplemente no hay pruebas suficientes para condenarlos. Así que a cada delincuente se le ofrece, por separado, un acuerdo: si delata a su compañero, puede quedar libre mientras aquel recibe 10 años de cárcel. Sin embargo, si ambos se delatan mutuamente, ambos recibirán seis años de prisión.

De manera que, para recapitular: si ambos prisioneros se quedan callados, ambos pasarán seis meses en la cárcel; si ambos se delatan, ambos cumplirán seis años; pero si uno se queda callado mientras el otro lo delata, el delator queda libre mientras su cómplice pasa una década tras las rejas.

Si se juega como una sola vez, la mejor estrategia es simplemente delatar. Pero si el juego se repite, en una población donde los jugadores pueden ver y recordar cómo se comportaron los demás —y saben que sus propias decisiones pueden ser visibles—, entonces comienzan a surgir estrategias colaborativas, y la situación se vuelve tal que “los tramposos acabarán siendo excluidos de la cooperación beneficiosa”.

Pinker nos guía a través de una serie de juegos similares y acertijos de razonamiento inductivo, junto con experimentos que realizó con sus estudiantes de posgrado en Harvard. Estos fueron diseñados para analizar las respuestas emocionales de los participantes ante ciertos escenarios, siendo el más memorable el de cantar el estribillo de “Rolling in the Deep” de Adele en público. Pinker sugiere que la coordinación ha contribuido a la evolución de señales no lingüísticas como la risa, el llanto y las miradas desafiantes. Un enrojecimiento, por ejemplo, representa una señal social que él interpreta como: “Sí, he metido la pata, pero que he metido la pata, según los estándares que entiendo y comparto”. El hecho de que un rubor sea un reflejo autónomo lo hace más confiable que una disculpa verbal.

Todo este material está bien organizado y explicado con claridad. Los problemas surgen de la incapacidad de Pinker para mantenerse al margen de la narración. La línea entre lo atractivamente informal y lo distractoramente sin filtro es muy delgada, y hay cierto encanto en el profesor afable y juguetonamente arrogante que no puede resistir la tentación de usar comillas irónicas al hablar de “microagresiones”, o que interrumpe su descripción del problema de la inducción, antes conocido como el acertijo de las esposas infieles, con un párrafo entero en el que pone los ojos en blanco ante la supuesta corrección política de sus numerosas reformulaciones (que han incluido el cambio de esposas por maridos, niños embarrados y niñas con sombreros rojos o blancos, entre otras variaciones).

Con demasiada frecuencia, las intervenciones de Pinker en primera persona son desacertadas, y los efectos que producen no son, sin duda, los deseados.

Sin embargo, con demasiada frecuencia, las intervenciones en primera persona son desacertadas, y los efectos que producen no son, sin duda, los deseados. Una sección sobre situaciones embarazosas —con el experimento de Adele— culmina con una anécdota personal en la que Pinker interpreta la frase “etiqueta opcional” en una invitación como una oportunidad para usar esmoquin, en lugar de una autorización para no hacerlo. La situación resultante, y la frase tan refinada: “Yo asumí por error que era la opción por defecto y, la noche señalada, me encontré con que era el único hombre entre los centenares de luminarias vestido de esmoquin”, bien podría haber sido escrita por el equipo de Frasier. Sin embargo, la historia resulta intrusiva e innecesaria, y su autohumillación, en realidad, una autolisonja.

En una sección interesante sobre por qué otorgamos mayor peso moral a la caridad anónima que a las donaciones públicas, Pinker analiza la generosidad relativa de Bill Gates (un donante público) y Steve Jobs (un donante anónimo). Lamenta que “el anonimato revelado mejoró la reputación de Jobs como filántropo… pese a que donó a lo sumo una milésima parte de lo donado por Gates”. Esto puede ser preciso, pero se asienta de forma embarazosa con el agradecimiento a Gates (por su “paciente orientación”) en el prefacio del libro y la nota de encomio o blurb de Gates que aparece en la contraportada (“Uno de los libros más reveladores que he leído sobre lo que nos hace humanos”). El argumento de Pinker aún se sostiene, aunque por poco. Pero, de nuevo, hay una ingenuidad parlanchina sobre la distinción entre lo personal y lo profesional que corre el riesgo de socavar el trabajo paciente del objetivo didáctico más amplio del libro.

Tempranamente en Cuando todos saben que todos lo saben…, en un pasaje sobre cómo las estrategias menos confrontacionales pueden propiciar un debate más productivo, Pinker apunta —de forma algo críptica— a algunas de sus bestias negras:

“En los niveles más refinados del coloquio intelectual, en los foros de debate bautizados con el nombre de venerables universidades británicas y en revistas cuyos nombres son combinaciones de New York, London, Review, Literary, Books y Times, el estilo de argumentación habitual es el combate de gladiadores… Es un deporte entretenido, pero una manera dudosa de buscar la verdad”.

¿Se refiere a nosotros? Se lee como una actitud defensiva, otra irrupción del ego del autor, un intento petulante de arruinar los planes de los críticos. También revela una incomprensión fundamental de la función de una reseña periodística. Un libro puede ser malo sin que su tesis sea falsa. Eso, al menos, debería ser de conocimiento común.

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