Tom Stoppard, audacia intelectual y sustancia emocional

Desaparece una de las leyendas del teatro contemporáneo y uno de los más brillantes dramaturgos del siglo XX. Inglés por adopción, fue autor de obras como “Rosencrantz y Guildersten han muerto” o “Leopoldstadt” (también famoso por sus guiones de “Brazil” y “Shakespeare enamorado”). Su logro, dice Michael Billington, otra leyenda del teatro, pero de la crítica, fue demostrar que el público estaba abierto a obras sobre ideas complejas.

Tom Stoppard alrededor de 1980
Tom Stoppard, alrededor de 1980.

Los mejores dramaturgos amplían las fronteras del género dramático. Beckett y Pinter lo hicieron a su manera. El logro de Tom Stoppard (Checoslovaquia, 1937 – Reino Unido, 2025) fue tomar temas aparentemente esotéricos —desde la teoría del caos hasta la filosofía moral y el misterio de la consciencia— y convertirlos en dramas ingeniosos, inventivos y a menudo conmovedores. El teatro, dijo una vez Laurence Olivier, es un gran embellecedor del pensamiento. Stoppard confirmó eso con su capacidad para hacer que las ideas danzaran.

Tuve la suerte de descubrir a Stoppard tempranamente. Fue por completo gracias a Philip French, quien, además de ser crítico de cine, también era productor de la BBC. En 1966 me pidió que diera una breve charla sobre dos obras de radio de un escritor entonces poco conocido (“un periodista punk de Bristol”, fue así como alguien me lo describió) llamado Tom Stoppard. En La disolución de Dominic Boot, un escritor empobrecido toma un taxi cuya tarifa se vuelve cada vez más cara. Y en Tú serás pura y yo franco, un conductor de bus intentaba contactar a su esposa, quien era la voz del servicio de reloj parlante. Me impresionó el ingenio de ambas obras y conocí a su joven autor.

Dice mucho de la gracia del espíritu de Stoppard que, incluso después de que yo saliera en televisión en 1968 e hiciera una crítica desdeñosa en el estreno de El verdadero inspector Hound —obra que ahora me encanta—, él se mantuviera impecablemente cortés. Pero algo que la gente olvida de Stoppard es que, como un experiodista, él comprendía las formas en que funciona nuestro mundo.

Fotografía de Rosencrantz y Guildenstern han muerto (2005). Crédito: ALASTAIR MUIR/REX

Desde el principio, Stoppard fue celebrado como un gimnasta intelectual: un hombre impulsado tanto por las ideas como por los personajes y por la trama. Pero, tal como tardíamente nos dimos cuenta de que Pinter siempre fue un dramaturgo político, así llegamos finalmente a comprender que había una carga emocional subyacente en los conceptos cerebrales de Stoppard. Rosencrantz y Guildenstern han muerto fue elogiada por su ingenio al crear un drama a partir de dos personajes secundarios de Hamlet, pero el asistir para ver repetidamente esa obra sugiere que trata sobre cómo todos somos víctimas de circunstancias arbitrarias que conducen a nuestra extinción. Recuerdo que John Wood, quien interpretó a Guildenstern en Broadway y se convirtió en un actor icónico de Stoppard, me dijo: “En las obras de Tom, la palabra lo es todo. La palabra derriba el silencio, derriba la oscuridad… Creo que esto es lo que hace que sus obras sean tan conmovedoras e incluso trágicas”.

La característica combinación de audacia intelectual y sustancia emocional también estuvo presente en el éxito de Stoppard de 1972, Acróbatas. Al fin y al cabo, se trataba de una obra que planteaba una gran pregunta filosófica: si la moral social era una respuesta condicionada a la historia o si las sanciones morales obedecían a una ley absoluta, dada por Dios. No se trataba de un tema teatral al uso, sino del tema de una conferencia que estaba preparando el héroe de la obra, George Moore. Pero cuanto más se veía la obra, más se comprendía que también trataba sobre el dolor de un matrimonio fracturado y los peligros de una sociedad en desintegración en la que los astronautas estaban peleándose en la Luna y un exministro de agricultura había sido nombrado arzobispo de Canterbury.

El logro de Stoppard —uno que compartía con Michael Frayn— fue demostrar que el público estaba abierto a obras sobre ideas complejas. Su creación también estaba meticulosamente investigada. Recuerdo que, poco antes de Acróbatas, me lo encontré en las escaleras de la Biblioteca de Londres, sosteniendo una pila de libros que le llegaba hasta su barbilla. “¿Qué es eso?”, le pregunté. “Mi próxima obra”, respondió.

Con el tiempo, el contenido emocional de sus obras se hizo cada vez más visible. Podría decirse que el gran avance llegó con Realidad (1982), que resiste mejor que ninguna de sus obras la reposición. Plantea un sinfín de preguntas, tales como si cualquier compromiso público es resultado de un trastorno mental privado y si conceptos como la justicia y el patriotismo existen más allá de nuestras percepciones de ellos. Pero detrás de esto —y lo que hace que la obra genere tanta identificación— se esconde una mayor conciencia del éxtasis del amor y la agonía de la traición.

Fotografía de Arcadia (1993)

Incluso Arcadia (1993), que trata sobre el determinismo y el libre albedrío, el clasicismo y el romanticismo, y un sinfín de temas más, es una obra que funciona porque es intensamente conmovedora. Ideas y emociones coinciden a la perfección en una escena en la que una joven brillante, Thomasina, lamenta la pérdida de civilizaciones pasadas, a lo que su tutor responde: “Los descubrimientos matemáticos vislumbrados y perdidos tendrán nuevamente su momento”. Y eso es precisamente lo que sucede, ya que la revolucionaria revisión del universo newtoniano que realiza Thomasina sobrevive a su trágicamente truncada vida.

Lo brillante que es Stoppard como dramaturgo rara vez fue cuestionado. Aquello que se debatía, sobre todo en sus primeros años, eran sus dudas sobre la eficacia del arte, algo que solía comentar en entrevistas. “Solía ​​sentirme en una situación frágil”, dijo en 1976, “porque cuando empecé a escribir, eras una porquería si no estabas escribiendo sobre Vietnam o sobre la vivienda. Ahora no tengo ningún remordimiento sobre eso. Para referirme indirectamente a Travestis [su obra de 1974], La importancia de llamarse Ernesto es importante, pero no dice nada sobre ninguna cosa”.

Creo que él estaba totalmente equivocado en este punto, ya que la obra de Wilde ofrece un comentario constante sobre el dinero, el matrimonio, la moral, la clase, el declive de la aristocracia y el auge del comercio. Pero Stoppard desmintió su propio argumento al escribir varias obras que abordan con gran eficacia el abuso de los derechos humanos por parte de regímenes autoritarios. Una de las más asombrosas fue Todo buen chico merece un favor, estrenada en el Royal Festival Hall en 1977. La obra mostraba a un disidente ruso falsamente declarado demente y encerrado en una celda con un auténtico lunático que se cree a cargo de una orquesta. Fue tan impactante ver a toda la Orquesta Sinfónica de Londres en el escenario como presenciar la manera en que Stoppard exponía, con humor negro, los crueles absurdos de la opresión soviética. Como escribí entonces, «el hierro se encuentra con la ironía y la rigidez con una oposición relajada e ingeniosa». Robert Cushman lo expresó mejor cuando escribió posteriormente en The Observer: “La alegría de Stoppard es una cualidad moral en sí misma”.

Pero la idea de Stoppard como un observador distante y apolítico de la vida fue decisivamente horadada por varias de sus obras posteriores. Falta profesional, emitida en BBC2 en 1977, fue una obra hermosamente realizada que mostraba a un profesor de ética de Cambridge, interpretado por Peter Barkworth, enfrentándose al mundo real de la persecución durante una visita a Praga y reconociendo que existe algo así como una moralidad instintiva basada en lo correcto y lo incorrecto. Esta obra fue una de las varias que mostrarían a Stoppard abordando directamente cuestiones políticas, reconociendo sus orígenes nacionales (solía bromear diciendo que simplemente era “un checo rebotado”) y, algo que mantuvo oculto por deseo de su madre mientras ella estuviera viva, el hecho de que era judío.

Fotografía de Leopoldstadt (2020). Crédito: Marc Brenner

Las obras posteriores y más políticas, variaron en calidad. La costa de Utopía (2002) fue una trilogía enormemente ambiciosa sobre la revolución que cobró mayor vida al abordar personajes que Stoppard repudiaba intelectualmente: en especial, el anarquista desarraigado Mijaíl Bakunin. Rock’n’Roll (2006) fue una mejor y más concisa obrar que sugería que, si bien los checos habían luchado con tesón por sus libertades, poco a poco estábamos dejando que las nuestras se nos escaparan de nuestro alcance. La última obra de Stoppard, Leopoldstadt (2020), fue una creación profundamente personal que abordó, de manera muy conmovedora, la historia de una familia judía vienesa, que termina con uno de sus miembros revelando que fue criado como un niño inglés asimilado, pero reconociendo su verdadera identidad.

Este fue el acto final de autorrevelación de Stoppard. Nacido en Checoslovaquia, evacuado a Singapur e India durante la Segunda Guerra Mundial y finalmente establecido en Inglaterra en 1946, había abrazado gustosamente las costumbres del país. Amaba todo de él, desde su campiña y su críquet hasta su supuesta tolerancia liberal. Si las circunstancias lo obligaron a reconocer su herencia nacional y racial, esto fue de gran beneficio para su obra posterior y encontró una magnífica realización en Leopoldstadt.

Tom Stoppard demostró que las ideas científicas, morales y filosóficas podían ser fuente de drama siempre que hubiera un núcleo de emoción genuina.

¿Dónde se sitúa Stoppard en la jerarquía del drama británico moderno? Harold Pinter hizo poesía a partir del habla demótica y expuso la subjetividad de la memoria. Alan Ayckbourn ha explorado los traumas de la vida de clase media y explotado las posibilidades teatrales del tiempo y el espacio. Tom Stoppard demostró que las ideas científicas, morales y filosóficas podían ser fuente de drama siempre que hubiera un núcleo de emoción genuina. Pero, si bien como dramaturgo siempre elevaba la temperatura de la sala, no es menos importante decir que era un ser humano amable, decente y reflexivo. Mi último vislumbre de él fue justo antes de que subiera el telón en la segunda noche de una reposición de Rock’n’Roll en el teatro Hampstead. Stoppard se dirigía a casa, pero antes de hacerlo, se detuvo a conversar amistosamente con el personal de recepción y a acariciar con cariño al perro de uno de ellos. Habiendo hecho sus afectuosas despedidas, salió tranquilamente a la noche.

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