El escritor chileno Tulio Espinosa publicó recientemente su nuevo libro, "Viuda sola en el mundo regala tigre" (Editorial Cuarto Propio), que reúne por primera vez un conjunto de sus relatos. Presentamos íntegramente uno de los cuentos incluidos en el volumen.

Mi abuela dice que cuando los hombres llegaron por primera vez a la Luna los perros ladraban enloquecidos
Mi abuela dice que esa noche estuvo nublado. Que no llovía, pero durante la mañana y parte de la tarde un aguacero se dejó caer con fuerza sobre el techo de zinc y que más tarde, hacia el amanecer, volvió a llover más fuerte, con viento, con relámpagos y truenos que parecieron reventar en el fondo de la tierra. Dice que ese día no salió de la casa, no porque temiera a la lluvia sino porque salía tan raras veces que le costaría acordarse de alguna.
Ruperto, su hermano, había estado toda la tarde trasvasijando vino con santa paciencia desde un chuico a un jarro y del jarro a un vaso y bebiendo vaso tras vaso hasta la última gota. Cuando el vino se le acabó, a duras penas pudo ponerse de pie y lanzar sucesivamente el vaso, el jarro y el chuico contra la ventana rompiendo los dos únicos vidrios que hasta entonces habían conseguido conservarse intactos. Hasta hoy la ventana sigue igual, sólo que alguien tuvo la paciencia de instalar en lugar de los vidrios dos trozos de cartón que la lluvia hace pasta cada invierno y el sol reseca cada verano. Después de eso Ruperto salió de la casa, seguro, dice mi abuela, a buscar más vino porque el vino era lo único que conseguía interesarle en el mundo.

Cuando mi abuela comenzaba los preparativos para acostarse llegó su padre, al que no había visto en los últimos días. Pasaba así con frecuencia, dice, desde que enviudó olvidaba todo, hablar y hasta pensar, solía aceptar trabajos fáciles que no le quitaran demasiado tiempo y que rara vez se tomaba la molestia de terminar. Aparte de eso acostumbraba vagar por las laderas o la orilla del río con la mirada fija en algo que sólo él podía ver. Y así llegó esa noche, ido, mudo igual que siempre, con su manera característica de caminar como afirmándose en el aire. Tiró un par de troncos al fuego que estaba a punto de apagarse, echó agua en la tetera tal vez con la intención de cebarse un par de mates y dejó que mi abuela, solícita con él como siempre, le quitara el poncho y el sombrero asopados por la lluvia y los colgara junto al fuego en el respaldo de una silla. Después de acomodar con una inquietud incierta la tetera sobre los troncos, entrecerrando los ojos que le ardían con el humo, mi abuela sopló y sopló hasta que con frenéticos brincos volvieron a saltar las llamas. Mientras se movía haciendo todo eso su padre no dejaba de mirar el aire frente a él como si en el cuarto no hubiera fuego ni abuela ni nada; se arrellanó inquieto en una silla y dijo sin dirigirse a nadie con un marcado acento de ansiedad:
–Se fueron todos a la casa de la Elisita.
A mi abuela no le pareció nada de raro. Elisa era la única profesora de la escuela y algunas noches los padres de los niños solían juntarse en su casa donde encontraban siempre un buen y abundante pipeño, un sabroso charqui y un pan crujiente amasado con sus propias manos. Y así disfrutaban hasta tarde una amistosa y despreocupada conversación mientras el pan y el pebre les ablandaban el estómago y el cálido sopor del vino les hacía olvidar que fuera la helada iba depositando el hielo en las hojas. Pero a cada momento más intranquilo el padre volvió a revolverse en la silla, hablando siempre para sí con esa ansiedad que le temblaba en los labios:
–Fueron a ver la tele.
Mi abuela siguió sin extrañarse. Cada vez que se anunciaba a toda música y colorido alguno de los grandes estelares de la tele y un cantante de moda chillaba a pantalla llena, o cuando llegaba el turno de la apasionante final de una importante competencia de fútbol, la comunidad entera se apretujaba en la casa de la Elisa donde estaba el único televisor del pueblo.
Y entonces ella, claro, con la mejor voluntad del mundo, dejaba abiertos de par en par los postigos de la ventana para que quienes no pudieran entrar por no considerarlos sus amigos pudieran al menos ver las imágenes, aunque no escucharan el sonido.
Pero el padre insistió con el mismo tono de sus indeterminados temores:
–Dicen que esta noche en la tele van a mostrar la Luna. Porque dicen que esta noche –agregó en el mismo tono ausente– un hombre va a caminar por la cara de la Luna.
Mi abuela recuerda entonces haber pensado que, conociéndolo y sabiendo que iba a creer cualquier cosa, los niños se habrían reído una vez más a costa suya, como no estaba en condiciones de discernir entre lo útil y lo inútil mucho menos entre la verdad y la mentira.
Y fue en ese momento, dice mi abuela, cuando el silencio del padre se hizo sólido, audible, cuando el eco de su voz temblona no terminaba de perderse en las mal ajustadas tablas de los muros oscurecidas por el hollín y la mugre, que los perros empezaron a ladrar. Comenzó uno, distante, lanzando un aullido como un grito humano y casi de inmediato le siguieron otros, los de la casa y los vecinos y los más lejanos y los remotos y aun aquellos cuyo ladrido no alcanzaba a distinguirse del quejido apagado del viento; desde los meandros y riberas del río llegaron hasta sus oídos aullidos sordos, húmedos, voces mudas que parecían desgarrarse en la tenebrosa profundidad del bosque y distintos, prolongados acentos provenientes de las laderas de los cerros. Mi abuela dice que oyó a los perros de la casa correr en todas direcciones, chocar unos contra otros, estrellarse contra la puerta, aplastarse en las tablas de los muros, morderse y desgarrarse lanzando dentelladas a la oscuridad apretados en una masa compacta, gruñente y sudorosa.
Sólo entonces, dice, tomó conciencia de que su padre había dicho la verdad. Algo terrible acababa de suceder; no creyó una palabra de esa historia de que un hombre iba a caminar en la superficie de la Luna, pero con toda claridad le pareció comprender que Dios, nuestro Señor, se había visto gravemente ofendido por la desmesurada soberbia de los hombres.
Pasó largo rato antes de que los perros comenzaran a calmarse. Mi abuela permaneció pegada a la ventana atemorizada por sus sombras oscuras que persistían en correr buscando amparo. Su padre, que al fin se había dormido al calor del fuego, fue resbalándose de la silla hasta quedar tendido en el suelo como un perro mientras lentamente iba desvaneciéndose la ansiedad de sus párpados. Cuando más tarde el mundo pareció calmarse mi abuela atizó el rescoldo, echó otra carga de leña para que su padre no sintiera frío al amanecer y se fue a acostar. Pero dice que no durmió. O durmió a ratos, acosada por extraños sueños que la llenaron de angustia.
Al clarear el día la despertó el estrépito causado por Ruperto que trataba de abrir la puerta de entrada para terminar derribándola a golpes de hombro, lo oyó rodar en el piso, gruñendo, oyó también un quejido adormilado del padre y casi de inmediato los ronquidos de Ruperto que caía profundamente dormido. También ella, dice, volvió a dormirse, hundiéndose en una desazón imposible de precisar, una suerte de temor ancestral, remoto, que la depositó en un lejano valle de pesadillas inquietantes.
Recuerdo ahora todo esto porque mi abuela murió esta mañana. Muchas veces repitió esta misma historia con diferentes pormenores, cambiando ciertas cosas aquí y allá, de aquí para allá, olvidando, modificando detalles que parecía no recordar bien y seguro inventando más de alguno. Desde su nacimiento hasta el día de su muerte no conoció otro paisaje que el de este cajón tapizado de peumos, aromos, eucaliptos, quillayes, maitenes y litres que crecen profusamente a lo largo de las riberas pedregosas del río o se esparcen en manchones por la ladera de los cerros. Y donde ciertas noches especialmente despejadas se alcanza a distinguir el lejano resplandor de la ciudad en el cielo.
Mi abuela nunca pudo tragarse el cuento de la solitaria caminata de un hombre en la superficie de la inviolable y remota Luna. Acaso ni siquiera fuera capaz de tolerar la idea de que no se tratara sino de una ominosa invención. Pero a través de sus palabras, sus ajenos arrepentimientos, sus ruegos y oraciones, pareció que desde la noche en que un hombre llamado Neil Armstrong, astronauta de la nave espacial Apolo XI pisara por primera vez la llanura lunar, fuera a ella, precisamente a ella, a quien correspondiera sobrellevar, en nombre de toda la Humanidad, el peso de un oscuro pecado.
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