Paul Auster sostiene que Nueva York es una ciudad de cristal. Alia Trabucco Zerán expone que Santiago es una ciudad de cenizas.

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La resta
Alia Trabucco Zerán
Tajamar Editores
2015

La resta es la primera novela de la escritora chilena Alia Trabucco Zerán (1983). Publicada recientemente por Tajamar editores, se erige por la crítica nacional e internacional como uno de los mejores textos del año.

El texto viene precedido por el premio que recibió en 2014 por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes a la mejor obra literaria inédita en la categoría novela. Desde mi perspectiva, este es un dato menor en relación al énfasis que socialmente se le asigna a cualquier premiación literaria. ¿Cuánto nos puede decir uno de estos reconocimientos? Considerando que a Germán Marín jamás le han dado el premio nacional de literatura o que el Nobel fue otorgado a escritores menores como Modiano y Munro —en desmedro de Piglia o Vila-Matas—, más bien poco. Es un error realizar una lectura con la presión de saber que una obra recibió tal o cuál premio. Debemos quitarle la etiqueta de marketing al escrito, porque de lo contrario condiciona la lectura.

Felipe e Iquela son los protagonistas de esta novela. Sin ser familiares, ambos se criaron juntos durante la dictadura militar. Proveniente desde Chinquihue, Felipe se queda por un tiempo indefinido con la familia de Iquela, quienes se ven obligados a acogerlo por el angustiante pasado que los une con su padre. Entre jeringas, delirios y disfraces, ambos recuerdan una niñez perfumada con los olores de la muerte. Porque su infancia no es la que retrata Alejandro Zambra en Formas de volver a casa; por el contrario, Iquela se crió entre ideologías y militantes, sabiendo que: “Una chapa no era la cerradura de una puerta, una cúpula no era el techo de una iglesia, un movimiento no era una acción, ni una facción un rasgo de la cara” (72).

La novela se construye mediante las intercaladas narraciones de los protagonistas. La construcción escritural de Felipe no admite pausas ni detenimiento; por lo mismo, un discurso atolondrado carente de puntos ortográficos nos entrega un volcán de palabras cada vez que interviene. Obsesivo y trastornado, se pasea por Santiago restando muertos. En cada esquina, en cada puente y en cada bar, observa las múltiples formas en que se representa la muerte; y él, asumiéndose como una calculadora-humana de la parca, habita una cotidianeidad cuantitativa, irracional y delirante.

Iquela, en cambio, es contenida y anacrónica. Diversas imágenes la devuelven al pasado: como la noche del plebiscito y su primer cigarro. Carga con las culpas y los miedos de su madre, representándose en el presente como un fantasma de una dictadura que no vivió del todo. La vida de ambos se ve interrumpida por la aparición de Paloma, una hija de exiliados que retorna a Chile para enterrar el cadáver de su madre. Sin embargo, esta operación se ve interrumpida porque Santiago está cubierta de unas cenizas que impiden el aterrizaje de aviones. Decididos en recuperar el cuerpo, viajan en un coche fúnebre a Mendoza.

La resta es una novela que se construye a partir de simbolismos, es decir, cada gesto y objeto no es casual: espejos, muertos-vivos, gallinas, cenizas y el coche-fúnebre funcionan como analogías de la sociedad chilena de los últimos cuarenta años. La novela debe ser leída mediante claves y decodificaciones, porque cada párrafo está sujeto a análisis. Por ejemplo, las cenizas podrían entenderse como la resaca de una dictadura que sigue determinando nuestra realidad. El fuego ha sido momentáneamente apagado, sin embargo, ese polvillo que cubre todo es la constitución del ochenta, la mutación de la ciudad y el perfeccionamiento del neoliberalismo. La novela no se representa mediante imágenes literales, sino que se expresa desde un borde que debemos subjetivamente descifrar.

De un tiempo a esta parte, la narrativa chilena contemporánea está abocada a la creación de textos donde se narren las experiencias de los niños durante la dictadura. El compilado Volver a los diecisiete es una muestra de ello. Los escritos que nacen a partir de esta temática son muy similares entre sí, sin embargo, el estilo escritural de Trabucco Zerán permite un abordaje distinto. Sus capítulos numerados en forma descendente y los monólogos frenéticos rompen con los moldes ya construidos. Si bien es cierto que hay similitudes con Mapocho y Avenida diez de Julio Huamachuco de Nona Fernández —principalmente en la figura de los espejos, los fantasmas y el reciclaje— la forma en que La resta está narrada rompe con lo anteriormente publicado.

Una novela sobre la cual podemos debatir, reflexionar e interpretar, pero que tiene escasos momentos de entretención. Al contrario de lo que sucede con la narrativa de Fernández, donde la decodificación está hermanada con el goce de leer, aquí la novela en largos pasajes se torna tediosa porque nunca logra arrancar del todo. Pareciera el viaje a Mendoza el punto de inflexión, sin embargo, hallamos  un ida y vuelta constante que dificulta la lectura. La resta es un texto que se posiciona mediante interesantes   herramientas interpretativas, pero que se enreda en su propia innovación al no presentar una trama envolvente y atrapante.