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Sangre y circo: el Coliseo romano por Keith Hopkins y Mary Beard
Por Nigel Spivey | Ene 16, 2025
Dos destacados clasicistas, Keith Hopkins y Mary Beard, examinan en un nuevo libro el símbolo perfecto del poder imperial romano. El Coliseo (inaugurado en 80 d. C.) fue el mayor anfiteatro de Roma y un monumento a la guerra. Cuentan cómo se construyó; los juegos de gladiadores y los espectadores que disfrutaban de los juegos, especialmente los emperadores que disponían de la vida y la muerte.

Cuán típico de los romanos. No es fácil lograr un fuego lo suficientemente intenso como para reducir la piedra sólida. Pero talaron bosques preciosos en su provincia de Judea simplemente para hacer un conspicuo holocausto del Gran Templo de Jerusalén en el año 70 d. C. Dejaron algunos bloques enormes, como para indicar el tamaño del edificio que se había destruido. Mientras tanto, el tesoro y otros botines del triunfo de la revuelta judía se trasladaron directamente al embellecimiento monumental de Roma, la capital del imperio. Iniciado por Vespasiano, el comandante que había “sometido” a los judíos, y completado una década después por su hijo Tito, este fue el estadio esférico escalonado que conocemos como el Coliseo: un lugar de recreación pública erigido simbólicamente en un terreno que una vez fue tomado como parque privado por el odioso Nerón.
Para los romanos, era el anfiteatro, un modelo a imitar en todas las provincias. Desde el norte de África hasta el sur de Gales, se erigieron estructuras básicamente similares. El Djem, Verona, Nimes, Arlés, Caerleon… estos son algunos de los cientos de clones del Coliseo que aparecieron. Solamente en el este del Mediterráneo surgieron problemas. Porque en estas partes, donde los valores culturales griegos aún prevalecían bajo el dominio romano, la mayoría de las ciudades ya contaban con espacios institucionales de entretenimiento público. Tales áreas adoptaron principalmente la forma del estadio, donde los atletas luchaban por la gloria; o la del teatro semicircular. En ambos lugares había competición, pero la competición se presentaba como una realidad virtual. La lucha libre era una imitación sudada de la guerra; la tragedia, el teatro de sombras del desastre mortal. Pero ¿qué se podía hacer con el espectáculo de pura violencia: hombres y animales luchando hasta la muerte? La evidencia arqueológica muestra que algunos estadios atléticos fueron reconvertidos para usarse como anfiteatros y que varios teatros griegos fueron adaptados (por ejemplo, se colocaron redes altas alrededor del escenario) para impedir que los grandes felinos saltaran sobre el público. Sin embargo, hay registros de estridentes protestas griegas, si bien fueron únicamente en nombre de los espectadores de primera fila que no querían ser rociados con sangre. Y esta distinción categórica entre teatro y anfiteatro nos señala la principal fascinación de abordar el Coliseo romano como una “maravilla del mundo”: la maravilla no reside en la elegancia o la sustancia del edificio tal como perdura, sino más bien en la cuestión de qué creían los romanos que estaban haciendo.
Como Keith Hopkins ha señalado con anterioridad, el disfrute romano de la violencia espectacular no es una cuestión de “psicopatología sádica individual”, sino que parece revelar “una profunda diferencia cultural”.
Como Keith Hopkins ha señalado con anterioridad, el disfrute romano de la violencia espectacular no es una cuestión de “psicopatología sádica individual”, sino que parece revelar “una profunda diferencia cultural”. No es fácil calcular cuánto contribuyó Hopkins al presente libro antes de morir el año 2004, porque Mary Beard (su colega en la universidad de Cambridge y autora, entre otros libros, de Emperador de Roma) lo ha completado de manera muy empática con su propia voz. Pero Hopkins empezó a dar respuesta al enigma del peculiar “gusto” romano por la violencia examinando escépticamente su alcance. Se dice que la inauguración del Coliseo se celebró con espectáculos de caza en los que murieron 9.000 animales exóticos. Pero ¿hasta qué punto era posible capturar elefantes y rinocerontes sin dardos sedantes, transportarlos por largas distancias y, finalmente, engatusarlos para que se volvieran feroces delante de una gran multitud? La evidencia documental del laborioso secuestro zoológico de un único hipopótamo desde el Alto Nilo hasta Regent’s Park en 1850 sugiere que abastecer al Coliseo con grandes cantidades de animales interesantes era un desafío logístico que superaba incluso a los romanos. Otros cálculos más complejos sobre las tasas de mortalidad de los gladiadores indican de manera similar una fuerte tendencia a exagerar, y no solamente por parte de los escritores antiguos. Los martirólogos cristianos inflaron piadosamente el número de bajas entre los fieles. (En una reflexión inusualmente sincera, un testigo cristiano perseguido, Orígenes, se preguntó si el recuento total de mártires cristianos en Roma realmente alcanzaba las dos cifras.) De hecho, no hay evidencia firme que demuestre que algún cristiano fue destrozado alguna vez por leones dentro del Coliseo.

Entonces, ¿fue siempre el Coliseo aquello en lo que se ha convertido: una mole icónica, pintorescamente provista de corpulentos hombres armados con espadas de madera y que, muy ocasionalmente, tenía algún uso ceremonial, ya fuera una batalla simulada o un concierto de Paul McCartney? Hopkins y Beard se detienen poco antes de defender tal argumento. Porque incluso despojado de su mitología, el anfiteatro subsiste como un recinto diseñado para ofrecer al máximo número de espectadores la vista más cercana posible de una muerte. Las demostraciones académicas de anatomía humana solían realizarse en tales espacios de paredes empinadas y que dejaban atónita la mirada. La antigua plaza de toros de la Ciudad de México se basa, hasta el día de hoy, en el mismo principio telescópico. Podemos estar de acuerdo en que el alimento diario del populacho romano era el pan, no el circo. Aun así, el circo existía de todos modos; y nadie iba allí en busca de una diversión inofensiva. Lo más parecido al humor de payasadas en el Coliseo eran las llamadas “pantomimas fatales”, en las que se representaba algún mito de verdad: el vuelo de Ícaro, que se hacía como un salto en bungee, pero sin bungee; o bien un miserable criminal vestido de Orfeo, al que se le daba una lira y se lo empujaba para que encantara con melodías a los animales que rondaban por la arena. Lástima que los osos carecieran de oído musical.
Es imposible explicar el Coliseo a menos que se conceda que sus principales patrocinadores —los emperadores de Roma—, todos ellos, incluso los “buenos”, como Trajano, en última instancia gobernaban mediante el terror.
Cómo se originó este ingenioso modo de sacrificio humano es algo que Hopkins y Beard dejan implícito. Descartan sin razón la idea de que el combate de gladiadores se desarrolló a partir de ritos funerarios etruscos arcaicos y no ofrecen ninguna alternativa plausible. Entonces, ¿de qué se trataba lo que ocurría en el Coliseo? Las aplicaciones de la pena capital dentro del anfiteatro se llevaban a cabo al mediodía, como un momento de calma en los procedimientos, considerados una diversión solamente para los que estaban crónicamente aburridos. Así que los connoisseurs del derramamiento de sangre venían en busca de algo más que la visión de una justicia ejemplar. Los protagonistas del buen entretenimiento no estaban marcados por la condena, sino por el azar; se volvían valientes o furiosos por estar libres de culpa y lucharían mucho más ferozmente.
Algunos observadores de la Antigüedad —en particular san Agustín— deploraron el magnetismo adictivo que suponía presenciar ese tipo de muerte. Otros se mostraban complacientes con su efecto homeopático y de acostumbramiento: de esta manera la muerte era, por así decirlo, domesticada. Pero al final es imposible explicar el Coliseo a menos que se conceda que sus principales patrocinadores —los emperadores de Roma—, todos ellos, incluso los “buenos”, como Trajano, en última instancia gobernaban mediante el terror. Esta arena junto al Palatino, la colina en la que Rómulo fundó su ciudad, era el emblema central y amenazador de su poder para “jugar a ser Dios”, para asignar la vida o la muerte.

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