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La poesía visual de Issa Watanabe

La ilustradora peruana Issa Watanabe es la creadora de los premiados libros ilustrados Migrantes (2019) y Kintsugi (2023), publicados por la editorial Libros del Zorro Rojo. En esta conversación, Watabane argumenta sobre la necesidad de narraciones infantiles sobre temas como la migración y la pérdida —que ella ha tocado en sus publicaciones— y relata el proceso de Kintsugi, un libro hecho, en sus palabras, “para tratar de entender algo cuando nada parecía tener sentido”.

En la Feria del Libro Infantil de Bolonia, el libro Kintsugi (Zorro Rojo, 2023), de la ilustradora peruana Issa Watanabe, ganó el competitivo premio a la mejor obra infantil de ficción del año. Issa asistió a la feria italiana durante el mes de abril de este año para recibir el premio y, entre otras actividades, participó en una conversación abierta, en la que, antes de hablar, presentó completo Kintsugi en una pantalla. Sin necesidad de leerlo, ya que es un libro sin palabras. Poco después de comenzar la proyección, entre los asistentes de distintas nacionalidades se produjo un particular silencio. No era la primera vez que Watanabe notaba este efecto de su libro.

“En la primera presentación del libro, en Perú, al igual que en Bolonia, proyecté las imágenes en silencio y a pesar de que había mucha gente, todos terminamos muy conmovidos. Fue muy, muy emocionante. Y al final, al momento de la firma de libros, me pasó que mucha gente se acercó para contarme su propia historia, lo que siento como un regalo, ¿sabes? Que te confíen algo tan íntimo. Fue entonces cuando entendí que había algo en Kintsugi que hacía que todos quienes lo veíamos nos sintiéramos de alguna forma identificados con el libro y acompañados”, dice Watanabe a Ojo en Tinta. 

En la Feria del Libro de Bolonia presentando Kintsugi. Con el micrófono está la académica italiana Marcella Terrusi. Issa Watanabe está a su lado derecho.

El protagonista de Kintsugi —que es el nombre del arte japonés de reparar objetos de cerámica quebrados, con una mezcla de resina y oro— es un conejo al que le sucede una desgracia: pierde a alguien cercano, un pájaro que se sienta junto a él en la mesa. De forma imprevista, cambia lo que le era familiar. La mesa bien dispuesta para dos se desordena y todo cae al suelo. El conejo entonces comienza un viaje que lo lleva al fondo del mar, buscando algo a qué aferrarse, para volver finalmente al hogar cambiado, pero con la capacidad de sonreír nuevamente. «La obra ofrece una profunda lección poética, navegando con confianza y sencillez por el viaje de la pérdida en sus diversas etapas, desde la desorientación total hasta la posibilidad de renacer. Al profundizar en la oscuridad y las profundidades del mar, el libro celebra nuestra notable capacidad para recuperarnos y sanar después de cualquier catástrofe”, escribió en el acta el jurado del premio de la Feria de Bolonia sobre el libro de Watanabe.

Kintsugi — ganador también del premio Anderson al mejor libro silencioso del año, dado por la revista italiana del mismo nombre—  está muy emparentado con la anterior publicación de Issa, Migrantes (Zorro Rojo, 2019). Ambos son libros sin palabras, están protagonizados por animales, abordan temas complejos y narran viajes. Aunque dos viajes muy diferentes. Kintsugi narra un viaje personal; Migrantes, en cambio, narra una travesía colectiva. Es la historia de un grupo de animales, que son forzados a abandonar el bosque en el que viven. Son osos, jirafas, elefantes, leones y ranas que navegan buscando un nuevo lugar donde asentarse, abrigados con mantas y cargados de maletas. Una realidad de muchas personas migrantes, que han debido dejar sus hogares. La única línea escrita de Migrantes está en la contratapa y es una frase del director de cine Theo Angelopoulos: “¿Cuántas fronteras se han de cruzar para llegar a casa?”. 

Ilustración de Migrantes, de Watanabe.

La académica italiana Marcella Terrusi, especializada en literatura infantil, tuvo la misión de guiar la entrevista pública con Issa Watanabe en la Feria de Bolonia, en la que Issa mostró Kintsugi. En la presentación de Watanabe, comentó Terrusi: “No ocupo muy frecuentemente la palabra obra maestra, pero en este caso estamos frente a una artista, Watanabe, y a una editorial, Zorro Rojo, que han publicado dos obras maestras sobre diferentes aspectos de la humanidad. Son narraciones que realmente necesitamos hoy y especialmente niñas y niños necesitan hoy”.  

En la la Feria de Bolonia, Issa Watanabe conversa con Ojo en Tinta, poco antes de sentarse a firmar libros en el puesto de la editorial Libros del Zorro Rojo; misma tarea que hizo por varias horas el día anterior. El lugar de la firma en Kintusgi, lo deja para las hojas de guarda finales, donde hay un pájaro dibujado y un poema de Emily Dickinson, que comienza con estos versos: “La esperanza es esa cosa con plumas — / que se posa sobre el alma — / y canta la melodía muda — / que no cesa — jamás — ”. 

Ilustración interior de Kintsugi, de Watanabe.

—El origen de Kintsugi, has comentado, está en la muerte de tu padre, el poeta José Watanabe, el año 2007.    

—La muerte de mi padre fue el inicio de estas ideas que dan vueltas en la cabeza, pero que en ningún momento piensas en trabajar alrededor de ellas o hacer un libro. Solo son cosas que te han obsesionado y que empiezan a encontrar el sentido con la experiencia, con las vivencias a través de los años. Eso por lo menos me pasó a mí. Hace pocos años, sucede otra experiencia personal muy fuerte, una cosa familiar muy difícil, y este libro surge primero con imágenes sueltas. Como una manera de tener un espacio en el que ir sacando lo que sentía, mientras alrededor las cosas se desmoronaban. Era el espacio para refugiarme, digamos, para tratar de entender algo cuando nada parecía tener sentido. Juntar estos fragmentos de dibujos e ilustraciones para ir encontrando cómo armarlos, fue un proceso de reparación personal, que es lo que termina siendo lo que vemos en el libro: la  secuencia de una búsqueda. Cuando termino de hacerlo y lo presento a la editora, siento casi como si estuviera dándole un pedacito de mí. Y la verdad es que no pensé en que tuviera la respuesta que ha tenido. No es un libro fácil ni comercial. Es un poco como Migrantes. Tampoco tiene palabras, es oscuro, toca un tema complejo y es muy abstracto, incluso más que Migrantes. Pero creo que ha resonado porque todos en alguna medida hemos tenido una experiencia así. No necesariamente tan dramática como una muerte o un diagnóstico, pero sí quizás una mudanza o la pérdida de un amigo. A lo largo de la vida son cosas que suceden. 

Kintsugi, de la ilustradora peruana Issa Watanabe, fue premiado en Bolonia.
Portada de Kintusgi, de Issa Watanabe.

Kintsugi es el arte japonés de reparar los objetos de cerámica quebrados. Lo particular de este arte japonés, es que destaca las quebraduras en lugar de disimularlas. ¿Por qué te pareció pertinente esta palabra para el título?

—No fue fácil ponerle nombre al libro. Lo tuvimos que buscar con la editora y era muy difícil pensar en qué cosa se podía poner de nombre sin cerrar la historia con algo muy específico, porque lo bonito es que esté abierto a la interpretación de cada uno, que cada uno le ponga ahí su su vivencia, su lectura. Lo que no pretendí en ningún momento fue hacer un libro como estos de autoayuda o de pensamiento positivo que dicen “Sí, es terrible, pero vamos, tú puedes superarlo”, que simplifican el duelo. Creo que no hay fórmulas para el duelo y debemos ser muy empáticos con el proceso del otro. Pero sí hay esperanza en Kintsugi  y lo que dice es que hay un momento en que las cosas de alguna forma se terminan reparando, pero queda constancia. Uno termina siendo diferente porque ha habido una experiencia vivida que te cambia. Por eso los objetos que se terminan reparando en el libro son nuevos, son distintos a los del inicio y además están hechos con partes de los que se han quebrado. 

Los libros son espacios seguros donde los niños pueden preguntar, explorar y procesar. 

Una de las similitudes entre Migrantes y Kintsugi es que tocan temas complejos (la migración y la pérdida), que son temas no muy comunes en la literatura infantil. ¿Crees que es necesario este tipo de libros para niñas y niños? 

—Ha habido un cuidado excesivo de no hablar de ciertos temas con los niños (sin considerar, claro, la literatura infantil clásica) y creo que cada vez se está viendo más claramente que es fundamental hacerlo. Muchos niños vivieron de manera muy dura la pandemia, por ejemplo, perdieron a familiares o, para no ser tan dramáticos, han perdido a una mascota adorada. Lo que está sucediendo en Ucrania y en Palestina, son noticias que los niños ven y muchas veces de una forma no filtrada. Entonces, no hay un momento para procesar y entender mejor lo que está pasando y creo que los libros ayudan muchísimo a eso. Son espacios seguros donde los niños pueden preguntar, explorar y procesar.  

¿Has tenido experiencias mostrando Migrantes y Kintsugi a niñas y niños? 

—Con Migrantes tuve varias experiencias en presentaciones y en talleres, vinculados a personas que venían de situaciones de migración durísimas, y experimenté cómo la literatura puede servir para acoger a esas diferentes voces. Con niños pude ver cómo a través de los libros empiezan a contar ciertas cosas y cómo, para quienes no han tenido una experiencia migratoria, los libros permiten ser un punto de partida para una conversación sobre el tema. Y como Migrantes está hecho a través de personajes antropomorfos, que tienen cabecitas de animales, termina siendo más cercano y permite empatizar con el otro, entender una situación que puede no habernos tocado, pero que de pronto de alguna manera nos interpela. La narración de Migrantes permite ponernos realmente un momentito en el lugar del otro, que es un ser humano con diferencias, pero también con similitudes y con la misma dignidad. 

Ilustración de Migrantes.

En Migrantes hay una calavera. Un personaje que está presente en otras narraciones infantiles recientes, como en El pato y la muerte (Bárbara Fiore, 2007), de Wolf Erlbruch; y La madre y la muerte (FCE, 2015), de Alberto Laiseca y Nicolás Arispe. ¿Cómo reaccionan niñas y niños ante ella?

—Uno de los talleres que hacíamos con Migrantes, consistía en invitar a niños a contar la historia, a ponerle palabras. Y las interpretaciones que ha tenido el personaje de la calavera han sido bastante más creativas que las de los adultos, que tenemos muchas veces encasilladas las cosas. Quedé sorprendida con todo lo que puede significar para ellos un personaje como ese. No he visto ni un solo caso de un niño que se haya asustado al verla; por el contrario, les llama mucho la atención, les encanta, quieren dibujarla y contar historias sobre ella. Hay calaveras que pueden ser más amenazantes, es cierto, pero en el caso de Migrantes, es amable y cercana a los personajes. Los acompaña, es casi como parte de ellos. No es alguien que amenace en el viaje. Es casi frágil. “La muertecita”, le decía. Los personajes están caminando y están huyendo, pero rápidamente te das cuenta de que no está huyendo de esa muerte representada en la calavera. Están huyendo de algo que es mucho más amenazante, que quizás es otro tipo de muerte: la guerra, el hambre o catástrofes naturales. Es algo que no se dice en el libro porque puede ser cualquier cosa. 

El fondo de Kintsugy y de Migrantes es negro. ¿Por qué decidiste la oscuridad para ambas narraciones? 

—En Migrantes era una cosa más vinculada a lo duro del camino. Contrasta con el fondo negro, el color, lo vivo, el movimiento. Siempre tengo en la cabeza también el libro El elogio de la sombra, de Tanizaki, y de lo que las sombras pueden decir al ocultar. Hay un poco de eso en los dos libros. 

Ilustración de Kintsugi.

Finalmente, hay una preocupación que ha tomado cada vez más fuerza entre los ilustradores y ha sido evidente en la última versión de la Feria del Libro Bolonia: la inteligencia artificial. ¿Sientes que es una amenaza?  

—No estoy muy metida en la inteligencia artificial, sé que mucha gente lo siente como una amenaza y probablemente para un sector enorme lo sea. Si alguien solamente se dedica a hacer una ilustración muy técnica y muy espectacular, quizás sí, ahí hay algo en amenaza, pero cuando hay algo que surge de las entrañas, creo que eso va a perdurar. Hay algo en lo artístico que me parece irremplazable. Lo que tiene que decir una persona desde un lugar experiencial, emocional y personal difícilmente lo va a reemplazar una máquina, por más inteligente que sea. Personalmente, dibujo todo a mano con lápices de color acueralables. Es un trabajo bien delicado, porque hay mucho detalle. Luego, como son independientes los dibujos, los escaneo y los voy montando sobre un fondo plano digital, que es la única intervención digital.  Hay algo de la experiencia material que es para mí riquísima. Mi manera de trabajo técnico permite mucho el juego más intuitivo, más inconsciente, donde hay espacio también para la sorpresa, para que surja algo que no estaba planeado. Es como cuando uno hace terapia y empiezan a salir las cosas. Hay un proceso personal de tratar de entender. Ilustrar para mí es un trabajo de exploración, pero sobre todo de exploración personal. 

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